Para que mentir
Leonardo Longhi
El libro cuyo título ha 'inspirado' el nombre de esta revista es, básicamente, un pequeño tratado sobre la hipocondría. Sobre la poesía, también, pero ese acento puede disculparse: lo escribió un poeta. Me gusta pensar, cuando pienso, que un ejemplo lujoso -espamentoso-- de lo incomunicable, podría ser, precisamente, una idea fija, si se entiende por esto algo así como el reflejo espiritual del dolor, o el ideograma sensible de los desvíos de una mente en extremo egoísta, que se obstina en funcionar demasiado bien hasta para la banalidad del mal. En fin, una obsesión. Pero si yo pensara que este 'espacio' -si se me permite la figura-- está destinado a algo tan vago, estrictamente imposible, comunicar, me abocaría en la próxima línea a una explicación, no sé si clara y concisa, acerca de por qué el nombre aludido consiste y no consiste en un oxímoron. Y, de paso, si pensara que hay algo menos inútil para mí que la literatura -digamos: inventar una página de internet-- me dedicaría a eso ahora mismo. Sostener este grado de arbitrariedad, sin embargo, requiere algo de astucia. Por lo tanto, remito al hiper-vinculado lector a la trampa propuesta en cierta página del librito en cuestión, donde se declara inútil todo acto o cosa cuya necesidad inmediata no se siente. De lo anterior debería inferirse que no intento justificar aquí un título, ni una actividad ni, fatalmente, una entidad (para el caso, una revista, un scriptor, un concepto). Quiero decir: para ser fiel al eco del que provienen estas líneas, debo referirme al mero acatamiento de una debilidad, evitando, para no aburrirme demasiado, la enunciación más o menos ripiosa de una patología que sólo ante el espejo es personal. Pero, pienso, la inmensa trivialidad que implica cualquier medio de comunicación (las masas están en otra parte) me exime de mayores comentarios. Por lo demás, hablar de una enfermedad, o al menos cifrar y descifrar los síntomas, los signos azarosos del dolor, se sabe, puede resultar una medida terapéutica adecuada en ciertas circunstancias. De no haber cura quedaría al menos, de ese persistir en sí, una evidencia: el texto insomne donde el cuerpo se entrega para siempre al acaso de un malentendido (oigo voces: ¿quien habla no está muerto? ) Y, si hay suerte, se sigue adelante, con alegre y malvada impunidad de convaleciente. Un paso, y hacemos una teoría de la forma; un paso más, y nos dedicamos a sostener que todo lo que se dice -el medio y sus fines: comunicación- importa mucho menos, incluso, que sus presupuestos, menos que las historias de generaciones de ideólogos, ejecutores y consumidores de uno 'mensajes' que, como las hojas, pasan, ajenos a cualquier afán; otro paso, y simulamos creer o descreer de la descentralización, las estructuras abiertas, los sistemas, redes... Es que, parece, vivimos de breves iluminaciones. Y, como siempre, para empezar a hablar, a desear siquiera deslizarnos por renovadas superficies en virtud de ese movimiento que lleva a la ilusión de decir algo, estamos solos. De acuerdo, Valéry; conscientes de nuestro mal, buscaremos, a partir de ahora, mejores compañías.
Para que mentir
Saurio
Si tan sólo uno pudiera simular la inteligencia, si pudiera escupir aquí una parrafada de oquedades altisonantes, un catálogo de academicismos o antiacademicismos que parezcan profundos, una ristra de justificaciones estéticas, poéticas, éticas, patéticas, algo que sirva como excusa para la existencia de esta revista, aunque más no sea un porque que le sirva de ancla al lector en su zozobra, que lo libere de la dura tarea de pensar, ocupación miserable y muy mal remunerada dicho sea de paso y con el eruto a flor de labios, pero no, uno no puede encontrar motivo más profundo que el capricho personal de hacer nuevamente una revista y no más que eso, hacer una revista porque sí, porque se nos canta las bolas, porque sopla el viento norte, porque el universo es demasiado grande y uno acá está medio al pedo, sin por ello caer obviamente en una alaquetecriastez forzada o en un tribalismo paraentendidos, que uno ya no es inocente y todo lo que hace es o a propósito o un vicio irreversible y no es cuestión de pretender andar espantando burgueses que no sólo están curados de espanto sino que les interesa un carajo lo que uno podría llegar a hacer o decir, o lo que cualquier artista podría llegar a hacer o decir, ni tampoco es cuestión de andar así como así haciéndose el puro e inmaculado, que los prejuicios abundan y a mucha honra, uno aborrece y aborrece con toda la furia y por lo tanto esta incertidumbre de principios declarados ya es una declaración de principios, una exclamación en contra de los que aseguran tener principios, razones y certezas, de los dogmas explícitos e implícitos, de las soberbias intelectuales, de los capillismos, del trenzaje, de las recíprocas sobadas de lomo, de los que creen haber encontrado la vera forma de lo literario, y entonces quizás aquí hay un porque, quizás no, quizás simplemente sea algo que surge a raíz de ponerse a pensar en uno mismo ante la acción revisteril, incluso hasta podría ser una falsa autocreencia, un convencimiento de algo que no existe, quién sabe, la única certeza real es que hacer revistas es una de las pocas cosas que sabe hacer más o menos decentemente y que le causan placer, entonces, por qué no, ¿cierto?, que tener ganas de meterse en algo que no dé guita hoy día estará mal visto pero no es poca cosa, sabe.