¿Qué pasó que yo no me enteré?
Saurio

Poema menudo

Quisiera escribir
poesía visceral
pero a mis vísceras
no les gusta la poesía.

Vía Crucis

I

"Un homosexual quiere entrar
al Cielo y Jesús se lo impide,
pero la Virgen María,
que tiene corazón de madre,
abre una ventanita en una nube
y deja pasar al invertido".
De esto,
según la Hermana Ana,
nosotros, niñitos de tercer grado,
debíamos aprender una importante lección:
"No importa cuán horrible haya sido
tu pecado,
una madre
siempre
perdona."

II

Tener misa todos los jueves
fue la principal causa
de mi ateismo.

III

En el comedor
el cura Daniel vigilaba,
mantenía la disciplina,
si te mandabas una cagada
él te llamaba,
te ponía su pesada mano
de vasco en la mejilla
y con la otra
te surtía una buena cantidad de cachetazos
mientras el resto de los chicos cantaban:
¡Cumpleaños feliz!
¡Cumpleaños feliz!

IV

Si no fuera por
las enseñanzas de la calle y
las malas compañías
jamás habríamos sabido
cuál era el gran mérito de la Virgen.

V

En la Dirección
las monjas tenían un angelito
de porcelana,
si le ponías una moneda
te hacía una reverencia.
La fe mueve montañas;
el dinero, muñecos.

VI

¿Por qué era yo el único
que durante la Guerra de Malvinas
veía paradójico
que un cura
franciscano
orase
pidiéndole a Dios
que inspirara
a los cañones
patrios?
¿Por qué nadie se sorprendía
cuando el cura opinaba
que cada veinte años
debería haber una guerra
para que los jóvenes
dieran buen cauce
al ardor adolescente
de la
sangre?
¿Por qué?

VII

Nunca nadie lo vio hacerlo,
pero teníamos más fe
en el rumor que el cura Román
todas las noches tiraba gatos
desde el campanario de la iglesia
que en lo que nos enseñaban
él y otros curas
en la clase de Religión.

VIII

Al cura Eustaquio siempre le pedíamos
que nos contara la parábola del Buen Samaritano,
no porque nos interesase su lección moral
sino porque se posesionaba al narrarla,
galopaba mientras nos contaba que este buen hombre
"se acercaba en su borriquito
tucutún tucutún tucutún"
y los largos mechones engominados
que usaba para taparse la pelada
se le despegaban
y se le sacudían
tiesos
en el costado incorrecto
de la cabeza.

IX

En el secundario
la única materia
que me llevé
fue Religión.
Se debió
a una formalidad
administrativa,
en la primera mitad del año
tuvimos a un cura que no nos puso notas
en la segunda mitad del año
tuvimos a un cura que sí nos puso notas,
era imposible que los promedios diesen bien,
toda la división tuvo que rendir examen
para tapar este error burocrático,
no fue mi responsabilidad
el haberme ido a marzo.
Pero no me importa,
y siempre digo con orgullo que
en el secundario
la única materia
que me llevé
fue Religión.

X

Cuando quise darme cuenta
ya había tomado la comunión.
Claro, cuando quise darme cuenta
fue un año y medio después.
Una constante en mi vida,
darme cuenta
demasiado tarde.

XI

En cuarto año
un gordo que no era cura
nos daba Religión,
quería congraciarse con nosotros,
no quería ser "un profesor sino un amigo",
nos llevaba fuera del aula
a un bosquecito que el colegio tenía,
dejaba que quien quisiera fumase.
Como a mí no se me daba el vicio,
de puro cabrero reivindicativo
me declaraba rebelde,
reclamaba sentirme discriminado,
me sacaba la camisa,
me ponía la corbata como vincha
y me trepaba a un ombú.
Él nunca fue mi amigo
y yo no lo dejé ser mi profesor.

XII

Tanto nos contaban
sobre los leprosos
que Jesús y San Francisco,
andaban besando y curando por ahí
que cuando me agarró la psoriasis
yo pensé que tenía lepra.
¡Terrible perspectiva para un chico de catorce años!
¡Pajearte y quedarte con el zodape en la mano!

XIII

Debo reconocerlo:
los curas nunca
abusaron sexualmente
de nosotros.
El abuso psicológico
era una ocupación de tiempo completo
y no podían distraerse
con minucias.

XIV

La única enseñanza religiosa
que aún creo a pie juntillas,
un verdadero Dogma de Fe,
la dijo un tórrido mediodía
el cura Eustaquio
(el mechón ya fuera de sitio):
"Si en el colectivo ven a alguien
leyendo la Biblia
o es Protestante
o es Ateo".


Algo habrán hecho

Al lotear la estancia
que se convertiría en mi barrio
las herederas habían donado
un enorme terreno
al obispado de Lomas,
con la condición de que
se hiciera una capilla,
en lo que había sido el casco de la estancia.
Por un buen tiempo esta condición se cumplió,
daban misas los domingos,
los sábados a la mañana había catecismo,
a veces se reunía un grupo scout,
cosas típicas de una iglesia,
pero durante casi toda la década del 70
y un poco de la del 80,
tal vez por cuestiones presupuestarias,
tal vez por pura desidia,
la capilla
estuvo abandonada,
ningún cura asomaba la sotana por ahí,
a Dios gracias,
porque esto nos permitía
a todos los chicos de la cortada
tener un maravilloso
y agreste lugar donde esconderse
cuando jugábamos a la escondida.


En este inmenso parque abandonado
había un peral que daba peras podridas
por culpa de una avispa
que ponía sus huevos
en las flores fecundadas,
según nos había informado
en cocoliche Donato,
el jardinero del barrio.
Y allí estábamos,
Guillermo,
Gustavo,
el César
y yo,
con 11 años
en pleno el 76,
tirándole a las frutas
con un rifle de aire comprimido,
matando la tarde,
cuando,
desde los treinta metros de espeso ligustre
que daban a Uriburu,
salen un par de chabones con anteojos espejados,
bigotazos de morsa y walkie talkies
seguidos por una caterva
de monos uniformados
que nos apuntan con Itakas,
dispuestos a exterminar
al comando subversivo
que una vecina había denunciado
haber visto entrenando
en la iglesia vacía
disparándole
a las peras
podridas
con un
matagatos.
Y fue gracias a esta anécdota
que en la primera mitad de los 80
yo podía retrucar,
cuando alguien se pasaba de denso
dándose dique de resistente y combativo:
"¡A mí me la venís a contar,
que estuve así de cerquita
de ser un desaparecido
más!"

Verano del 83

"Importante editorial busca
escritores inéditos"
decía el aviso en el diario
y mi viejo sugiere
"¿por qué no vas?
Uno nunca sabe".
Cierto,
uno nunca sabe
y por eso paso en limpio un par de cuentos
con una prolijidad extraña en mí,
dejando tres centímetros de margen,
usando cinta nueva en la máquina,
no tachando los errores con múltiples equis,
evitando escribir sobre el liquid fresco,
ni en los momentos más cuidadosos de Wo Sut
me había esmerado tanto,
han quedado un lujo los cuentos,
casi parezco un escritor y todo.
En el Roca, de Adrogué a Constitución,
en la línea C, de Constitución a Lavalle,
con la ansiedad en la boca,
me imagino en la importante editorial,
pienso en el libro la fama el Nóbel
la consagración definitiva,
¡se me va a dar!
¡reconocerán mi talento!
¡las chicas caerán muertas a mis pies!
y simultáneamente escucho en mi mente
a los importantes editores riéndose,
burlándose de mis cuentos, de mi impericia,
la literatura no es lo tuyo, pebe,
rajá, turrito, rajá,
no no sagás perder má tiempo no no sagás
¡gil!
Salgo del subte,
acalorado, es pleno enero,
hace una calor de cagarse,
la transpiración chorrea de mi frente,
así no puedo ir a la importante editorial,
no puedo dar una mala impresión,
qué van a pensar de mí.
Así que, pese al calor,
me quedo congelado
en Esmeralda y Lavalle
por un buen rato, mientras espero
que se me seque el sudor.
Trato de juntar el poco valor
que podría llegar a tener,
¿qué puede pasar?
¿qué puede pasar?
me digo, vamos Saurio,
no te vas a acobardar ahora,
después de haber viajado más de una hora,
después de haber pasado tan en limpio los cuentos.
Pero doy vueltas,
miro las fotos de los cines,
las tetas cubiertas por corpiños de témpera negra,
los culos cubiertos por tangas de témpera negra,
me meto en una disquería de usados,
está "Sheik Yerbouti" de Zappa, barato,
si me va bien me lo compro,
si no, también,
al fin y al cabo es un soborno
para vencer mi desesperante indecisión,
mi paralizante cobardía,
mi habilidad para fabricarme obstáculos,
vamos, Saurio, dejate de joder,
es sólo tocar un timbre
¿qué puede pasar?
¿qué puede pasar?
La importante editorial está en un edificio viejo
pero no lo suficientemente viejo como para ser antiguo,
sólo la promesa de la recompensa discográfica
me hace seguir adelante por el pasillo
hasta la pequeña oficina, hasta la importante editorial,
no me voy a acobardar ahora,
¿qué puede pasar?
la arquitectura deprimente no es indicio,
recordá dónde estaba la redacción de la Mad,
recordá dónde está la redacción de la Humor,
recordá y tocá el timbre de una buena vez,
¡pedazo de cobarde! ¡cagón!
Me recibe un pelado de aspecto abogadil,
formal y cortés, demasiado circunspecto,
me hace pasar a la recepción,
sillones de cuero verde,
lámpara de luz amarillenta,
una enorme biblioteca
con libros de aspecto anónimo.
¡glup! ¡alea jacta est!
¡la jalea está hecha!
 "Vengo por el aviso
en el que piden nuevos autores"
digo con voz finita y comprimida,
"Son unos cuentos que escribí,
tengo más como estos..."
sincronizado con la espástica entrega
del sobre marrón.
El símil abogado oprime un intercomunicador
"Señorita Miriam, ¿puede venir, por favor?"
y detrás mío aparece una imponente y joven mujer,
con un enterito naranja y frondosa melena enrulada,
la señorita Miriam, quien se iba a ocupar de mis cuentos,
me llevaría unos diez años, quizás menos,
impactaba tanta exuberancia femenina
en mis ojos de artista adolescente,
"Llamame en una semana y te cuento qué me parecieron, ¿sí?
Igual tus datos están acá en el sobre, ¿no?"
No, no lo estaban y me maldigo,
¡qué poco profesional!
¡entré con el pie izquierdo!
¡siempre igual!
lo garabateo con birome en el sobre,
mi despatarrada letra ensuciando tanta prolijidad,
tanto esmero, tanto cuidado...
¿de qué sirvió haber comprado liquid?
¿de qué sirvió dejar tres centímetros de margen?
¿de qué sirvió escribir prestando atención?
A la semana llamo,
¡Les gustaron mis cuentos!
¡Quieren que vaya para allá!
¡Se me va a dar!
¡Reconocerán mi talento!
¡Las chicas caerán muertas a mis pies!
¡El libro! ¡La Fama! ¡El Nóbel!
Inmediatamente parto hacia la importante editorial,
es pleno enero y hace un calor de cagarse,
el pelado no está, la señorita Miriam me recibe,
lleva una vincha en su frente y tiene puesto
un liviano conjunto amarillo limón,
escotada blusa y apretado short,
se le asoman los cachetes del culo,
¡creo que no trae ropa interior!
¡estoy en un sketch de Olmedo!
¡estoy con una gatita de Porcel!
mi corazón late agitado y no sé
si es por la posibilidad de publicar
o por estar con una potra casi en bolas
que me lleva hacia otra habitación,
un enorme despacho con un enorme escritorio
y una enorme biblioteca,
más enorme que la de la entrada,
pero con los mismos libros
de aspecto anónimo y formal,
la misma mortecina luz amarillenta,
la misma cuerina verde en los sillones.
"Sentate" me dice y ella hace lo mismo,
cruzando las piernas, las poderosas gambas
que salen del apretado short amarillo,
"me encantaron tus cuentos,
realmente me encantaron,
su fina ironía, su fino sentido del humor,
son muy divertidos, me hicieron acordar
a Enrique Jardiel Poncela,
¿leíste a Enrique Jardiel Poncela?
¿No lo leíste? Porque tu estilo se parece
al de Enrique Jardiel Poncela,
deberías leerlo, se parece mucho
a lo que vos escribís"
Mientras dice todo esto,
la señorita Miriam se mueve,
no mucho, lo suficiente para que
su liviana y escotada blusa
se desplace y me deje ver ocasionales
pantallazos de tetas, pecosas,
de moreno y puntudo pezón,
cruza y descruza las piernas,
no quiero mirar muy fijo,
no hay que ser tan evidente,
pero creo adivinar la sombra de los pelos
de la concha a través de la tela del short,
¿puede ser que eso que asoma sea un pendejo?
¡Ah! ¡Y otra vez ese sabroso pezón!
¿Cómo no ser evidente?
¿Cómo hacer que no se me note la erección?
¿Y quién es ese Jardiel Poncela que dice
que escribe como yo?
"Mi mayor influencia es Boris Vian"
digo, haciendo fuerza para que mis ojos
no se pierdan en sus tetas,
para que no se me note lo baboso,
ya sé que la mercadería está a la vista
pero queda mal, queda mal...
La conversación sigue un rato más
por el mismo carril,
que Jardiel Poncela,
que Boris Vian,
que la mar en coche,
que la teta y el pubis,
que la verga y el jean,
cuando la señorita Miriam dice
"Te voy a contar cómo es nuestro sistema"
y ahí me entero que ellos publican unas antologías
que distribuyen por bibliotecas y embajadas,
a cada autor le corresponden ocho páginas
es una tirada de 1000 ejemplares
el autor recibe 100 libros
y sólo hay que pagar una cierta cantidad
por costos de impresión.
¡Ah! ¡Pagar! ¡No!
¡A mal puerto vas por pesca, Miriam!
¡No sabés con quién estás hablando!
Ya no hay teta no hay pubis no hay orto no hay pezón que valga
sacarme una moneda a mí requiere de mucho más esfuerzo
que andar calentándome la pija y sobándome el ego,
puedo ser muy pajero pero tacaño soy mucho más,
y aunque no dejo de mirarle la concha y las gomas
mi energía está puesta en decir que no,
es mucha plata por ocho paginitas,
mucho más de lo que me costaba una edición de Wo Sut.
"Pero la distribuimos por todas las bibliotecas y embajadas,
te va a leer una enorme cantidad de gente..."
¡Pobre! ¡Cree que me va a convencer!
"Son ediciones de calidad, sobrias y de buen gusto
y los distribuimos por todas las bibliotecas y embajadas,
es una oportunidad sin igual para un escritor joven,
como vos"
dice y sube por una escalerita
para sacar uno de los anónimos libros
de uno de los estantes más altos de la enorme biblioteca
despacito
para que yo tenga tiempo
de mirarla subir
(no hay culo que valga, Miriam, no hay culo que valga...
aunque, seamos honestos, se lo miro con ganas
y la pija me duele de lo parada que está)
El tira y afloje dura un rato más,
la señorita Miriam no ceja en su intento de enroscarme la víbora
pero sólo logra que mis negativas sean más rotundas,
ya las tetas importan cada vez menos
y ni me molesto en tratar de pispearle el pezón,
la cosa no va ni para adelante ni para atrás,
así que decido cortar por lo sano
y le digo que lo voy a pensar
¿sí?
No sé si se lo creyó
o se aburrió tanto como yo de toda la situación,
me voy de la importante editorial para jamás volver
no me importa recuperar mis cuentos prolijamente pasados
no me importa verle las tetas una vez más,
a mí no me toman de gil tan fácil,
no voy a caer en la trampa,
no señor,
no, no y no.
Lamento haberlos dejado con las ganas,
sé que muchos estaban esperando
que la historia siguiese,
que yo contase cómo me la culié a la señorita Miriam,
cómo me la chupó con sus pintados labios,
cómo le mordí sus abundantes tetas,
cómo le acabé en la jeta,
cómo me limpié la verga
en su conjuntito amarillo limón,
pero la verdad es que nada pasó.
Es que yo siempre creí que
es preferible permanecer virgen e inédito
que pagar por dejar de serlo.

Arse poetica

No, no es una estética,
- te dije -
no es una estética
lo que hace que yo escriba
como escribo.
Yo escribo
como quien se aplasta un grano,
como quien se extirpa un callo,
como quien se arranca un panadizo,
con la determinación
de sacar a toda costa
esa molestia del cuerpo.
Que el procedimiento de ablación
sea generalmente mucho más doloroso
que la incomodidad original
es un dato que,
en estos casos,
uno suele ignorar
adrede.

La crisis de los cuarenta

Everybody knows the kind of day that is.
He is miserable
I am miserable
we are miserable
can't we have a party
would he rather have a party
after all we have to sit here.
Suzy Roche - The Train

Esperando
en el Hospital Fernández
a que me hagan una ecografía del riñón,
uno de los tantos análisis que debo sufrir
para no encontrar una explicación a mis cólicos,
escucho no escucho quiero no quiero escuchar
a esas dos mujeres que a mi lado conversan
infatigablemente, sin pausas pero con rodeos,
es enervante, hablan y hablan y hablan,
yo las escucho no las escucho
quisiera leer pero no me dejan
quisiera irme pero no me llaman,
las mujeres hablan y hablan y hablan,
cambian de tema nunca redondean
todo el tiempo cambian de tema,
ahora una cuenta que cuida
cuarenta gatitos en River,
cuarenta gatitos que cuida en el club,
los mima, los ama,
con cariño los depila,
los despioja con dulzura,
con ternura los castra,
para protegerlos, dice,
del maltrato de los socios
y de los coreanos
que se los quieren comer.

Y yo no puedo menos que escuchar
y quedarme pensando,
quisiera gritarle
"¡Cuarenta pobres bestias peludas
tuvieron que sufrir tu crueldad
para que calmes tu soledad
y tu racismo,
vieja loca, ilógica!"
pero no digo nada,
sigo leyendo no leyendo
escribo no escribo
mascullando diversas rabias
angustiando angustias existenciales
en un cuaderno de tapas negras
mientras espero en ayunas
para hacerme un análisis innecesario
en el día de mi cumpleaños.

Everybody knows the kind of day that is.

Who wants to live forever?

Varias veces me encontré que, al expresar
que me parece injusto que uno deba morirse,
me decían
"¿Y para qué querés vivir eternamente?
¡Sería muy aburrido!"
Todas las veces quería contestarles

"Bueno, será porque vos
llevás una vida muy aburrida"
pero siempre callé y miré para otro lado.

Tampoco es cuestión de arriesgar por una tontería
el poco tiempo que uno está por aquí.

Oíd, mortales

Tenía cuatro años,
estaba en salita verde,
nos formaron en fila,
nos enseñaron el himno
y ahí apareció mi primera
depresión metafísica:
¡Yo no quería morirme!
¿Por qué tenía, entonces,
que jurar hacerlo y
¡encima!
hacerlo con Gloria,
que es mala, chupamedias
y el otro día
me rompió
el vasito telescópico?

Quienes desean inculcar
el fervor patrio
en los niños
deberían tener
más cuidado.

Al poema desconocido

Este es un poema en homenaje
a todos aquellos poemas
que se me ocurren en el colectivo,
en el tren, caminando, en sueños,
y que nunca alcanzo a transcribir
porque no tengo papel ni lapiz
a mano en ese momento
y entonces
caen en el olvido,
dejando sólo el recuerdo
de que eran muy buenos,
de que eran mejores que todos
los que escribí hasta ahora,
¡si tan sólo pudiera rescatarlos!
¡si tan sólo mi memoria dejase
de conservar tantos poemas berretas
compuestos en idénticas circunstancias!

(ojalá el lector
sepa encontrar en éste
huellas de aquellos
perdidos en el fragor
de la lucha
con lo cotidiano)

(y,
si puede,
tenga a bien
depositar
su ofrenda
aquí)

La interpretación de los sueños

Es un perro negro
enorme, de feroz aspecto,
realmente peligroso,
tiene sus mandíbulas abiertas
y clava sus colmillos en mi coronilla,
sin embargo,
yo soy el que controla
la situación,
el que ha vencido
y humillado
al monstruoso can
en previas luchas
cuerpo a cuerpo,
violentas peleas
que quizás haya sido yo
quien las originó
o tal vez haya sido
el instinto asesino del perro
quien me atacó,
no sé,
sólo sé que lo he inmovilizado
completamente,
no puede zafarse de mí,
ni siquiera puede destrabar
sus fauces de mi cabeza,
sólo puede,
cada tanto,
cuando junta fuerzas,
roerme la coronilla
con sus babosos colmillos.

Curiosamente,
esto no me duele,
es molesto, sí,
pero no mucho,
más me incomoda
la reposera dónde estoy sentado,
hay un caño que se me clava en la espalda,
y la lona hace que el calzoncillo
se me meta en la raya,
esto sí que me irrita
y no sólo el orto
sino también el espíritu,
es un verdadero fastidio,
no me deja leer,
no me deja hablar
por teléfono
esta incomodísima
reposera.

Mientras tanto
el perro sigue
cada tanto
royendo
mi cráneo
con sus enormes
colmillos
amarillos
rasca que te rasca
dejando dos surcos
que no duelen
pero que
se
van
haciendo
cada
vez
más
profundos.

Algún día el hueso va a ceder,
lo sé.

No se aceptan devoluciones

No me avergüenza decirlo:
Vomitar me da más pánico
que la mismísima muerte.
Y no me tranquiliza el hecho
de saber
que tras el vómito
la vida continúa
(cosa que,
por lo general,
no ocurre cuando
uno se muere):
es tal la humillación
que me produce
sentir
a todos los órganos
de mi sistema digestivo
desaforados y en patota
sodomizándome por dentro,
empujando contra natura
a lo que una vez fue comida,
que siento
que la única salida
honorable
que me queda
es cometer,
de una buena vez
y para siempre,
suicidio.

La leyenda del chino miope.

Recuerdo
un almacén,
una despensa,
un mercadito,
algo por el estilo,
en Mar del Plata,
me acompañan
mi abuela y mi tía,
no estoy seguro
si esta fue la vacación
en la que me tomaron la foto
con el Topo Gigio gigante
y la Ovejita Viajera
pero bien podría ser.
Me recuerdo
parado
frente a frente
con un montón de paquetes
del té "A los Mandarines",
mirando fijo al chino
que identifica
a la marca,
sus ojos rasgados,
sus anteojitos de alambre,
su chivita blanca,
su perversa sonrisa.
Y me recuerdo
prometiendo
con una determinación
que parecería impropia
para un chico de dos años:
"A este viejo no lo quiero ver más".

Por tres años puedo mantener bien esta promesa,
al fin y al cabo, él está en Mar del Plata
y yo en Adrogué, casi 400 kilómetros más al norte.
Hasta que un aciago día,
en Lomas de Zamora,
volviendo con mi madre
de comprarme zapatos ortopédicos
en "Carlitos"
para corregir el pie plano,
descubro que
justo, justo, justo
al lado de
la parada del 318,
han puesto un negocio
enteramente dedicado a vender
té "A los Mandarines".

¡Horror!
Al viejo éste prometí no verlo más
y debo mantener mi palabra,
no puedo mirar,
no debo mirar
ese rostro
que se repite
en todos los tamaños
en todo el local.
Por eso, cada vez que volvemos
de Lomas a Adrogué
hago todo lo posible por no ver
al viejo de los Mandarines,
bajo la cabeza,
me tapo los ojos,
me escondo dentro del pulóver
azul marino
escote en
v.

Tanto es mi fervor por mantener la promesa
que cuando salimos con el jardín de infantes
de excursión a la estación de trenes de Adrogué
pierdo la oportunidad de lucirme
porque a la señorita no se le ocurre mejor idea
que decirme que pida un boleto ida y vuelta
a Lomas de Zamora.
¡Si tan sólo hubiese dicho Temperley, Banfield,
Lanús, Gerli, Avellaneda, Escalada, Burzaco,
cualquier otra estación del Roca!
Pero no, no, ella dice a Lomas
y yo quedo paralizado,
no puedo sacar un boleto
a donde está ese chino,
ese viejo que prometí
no ver
nunca
más.

Supongo que aún hoy
mi vieja cree
que yo le tenía miedo
al mandarín
cuando,
en realidad,
lo que estaba haciendo era
la primera demostración
de la solidez
de mis principios
y no creo que mi señorita de sala amarilla
aún recuerde la anécdota
de mi súbita parálisis en la estación,
pero si lo hiciera, estoy seguro que seguiría convencida
que tuve miedo o vergüenza de enfrentar al boletero.
¿Cómo explicar a los cinco años que uno es una persona de palabra
si tres décadas después sigue siendo bastante difícil?

Lo cierto es que el tiempo pasa,
hasta la más sólida voluntad se quebranta
y para cuando ponen una sucursal de
"A los Mandarines" en Adrogué
ya no me cuido tanto de evitar
que mi vista se cruce con la del perverso chino.
Al fin y al cabo, no es para tanto
y, además,
en los diez años transcurridos
tuve oportunidad de desarrollar
más y mejores
promesas, tabúes
y prohibiciones,
muchas de las cuales
aún hoy
me ocupo
de cumplir
religiosamente,
al pie de la letra,
con una pasión
que mejor debería
utilizar para otras
cosas.

Uno es así,
qué se le va'cer.

La mujer de mis sueños.

No me pidas que te diga
que sos la mujer de mis sueños
porque estaría mintiéndote alevosamente.
La mujer de mis sueños es otra,
alguien que aparece en la otra vida que llevo,
esa que ocurre cuando cierro los ojos
y pongo la conciencia en piloto.
Hace años que nos conocemos,
muchos más de los que te conozco a vos,
crecimos juntos, tenemos más o menos la misma edad,
y lo que hay entre nosotros
no se puede describir en palabras.
Quizás por eso nunca supe su nombre,
por un tiempo la llamé Micaela
pero a ella no le gustó
y desapareció varios años
de mis sueños.

Con ella hago cosas que jamás haría con vos,
corremos por un baldío en una noche sin luna en medio de un apagón,
entrenamos leopardos con cara humana bajo la lluvia,
junto el Papa detenemos una guerra entre China y Japón.

También nos besamos muy seguido,
me da unos besos que me llenan de culpa
(te estoy engañando, no te olvides)
aunque rara vez cogemos,
no queremos que lo nuestro acabe
en una delatora polución.

Pero no te preocupes,
si un día la llego a ver por la calle
no la voy a reconocer.
Soy muy poco fisonomista,
y eso vos lo sabés muy bien.

Saurio el memorioso.

Como si fuera un ahogado sin apuro
toda mi vida ha comenzado a pasar
frente a mis ojos,
lentamente,
azarosamente,
recuerdo,
recuerdo mucho,
por ejemplo,
ahora se me aparece
esa noche del 83
cuando cruzaba la plaza Constitución,
leyendo en la revista Tren de Carga
la crítica del disco de Yello
"You gotta say yes
to another excess"
y el debut de aquel producto
de la incipiente new wave local,
Los Helicópteros,
le daba con un caño el periodista,
quizás tenía razón,
quizás era demasiado cruel,
no lo sé,
sólo recuerdo que disfruté la acidez,
la maldad, la ironía,
luego llegué al garage del San Vicente,
hice la cola para los ramales que van
a Guernica o a Numancia,
que no es que fueran los únicos que me dejaban,
todos los San Vicente iban a Adrogué,
pero estos eran los que se llenaban menos,
los que me permitían viajar sentado,
en esa época subía gratis,
era colimba,
marinero de segunda,
disfrazado de Pato Donald en invierno
de Coquito en verano,
leía como un bestia en estos viajes,
me bajé media biblioteca de Adrogué allí arriba,
casi todos los latinoamericanos,
la revista Hum(r),


(en el asiento de atrás del San Vicente,
justo el día en que había entregado a imprenta
el primer número de 74 Metros
descubro que Langer había sacado también
una historieta llamada"La patota cultural",
cagándome la primicia, mierda)
las primeras Cantarock (las chiquitas)
que se las compraba a Ramiro,
la Tren de Carga, por supuesto,
otras que no voy a mencionar
no porque no las recuerde
(porque, de hecho, lo hago)
sino porque no tiene sentido hacerlo.
Tampoco tiene sentido decir que
mientras espero en la cola
un postercito de papel o tela
con un poema de Benedetti
y un dibujo de dos enamorados de espaldas
caminando hacia un atardecer en la playa
siempre captura mi vista desde la vidriera del kiosco
que está dentro del garaje y
me crea un resentimiento hacia la obra
de este buen señor que me dura hasta hoy,
y esto es sólo un ejemplo
de como me están aflorando
a borbotones
fragmentos enteros de mi vida
en toda su intensidad,
en toda su banalidad,
podría haber mencionado el hormiguero
de la vereda en la esquina de Uriburu y Amenedo,
el eterno hormiguero que probablemente siga estando
para que las nuevas generaciones de la cortada
se preocupen como yo en taparlo
con palitos,
con piedritas,
con papelitos,
para descubrir al día siguiente
que las hormigas lo han destapado.
Y me recuerdo
mirando el hormiguero
a los treso cuatro años,
de la mano de mi mamá,
y aprendiendo,
vaya uno a saber por qué misteriosa asociación,
la diferencia entre la izquierda y la derecha
(no, no estoy hablando de política,
hablo de un costado y el otro).
O las naranjas salvajes de esa misma esquina
con las que jugábamos a embocar en la alcantarilla,
o una enorme piedra chata en el Euskal Echea
donde a los diez años nos sentamos el Mono,
Filipini, Fridman y yo,
Fridman
(que hasta el año anterior se llamaba Stábile
pero en éste había cambiado de apellido y religión)
nos contaba que entre sus padres había diez años de diferencia
y a mí esto me sorprendía, excedía mi capacidad de asombro,
"Imaginate", le decía,
"es como si te casases hoy con una bebé recién nacida",
después creo que yo hablaba de las novias que tenía,
mentira, obviamente, era sólo un precoz interés por unas amiguitas
al que en aquel entonces llamaba amor y me llevaba a imaginar
una especie de telenovelas infantiles mientras iba entrando en sueños,
una infinita historia que me contaba a las noches
y que podría mencionar como
uno de mis antecedentes literarios,
otro antecedente literario es el que a los tres años
le dictaba a mi abuela las aventuras del Puló,
las cuales luego yo ilustraba,
y un tercer antecedente,
ya que lo nombré en este recuerdo,
es el Mono Ramos, que en un recreo largo,
de esos que teníamos al mediodía,
entre las clases de la mañana y las de inglés a la tarde,
me comenzó a contar que había descubierto
al levantar una piedra en su jardín
un túnel que iba directo
desde su casa en Banfield
hasta la plaza de Lomas.
Con el correr de los recreos el túnel se convirtió
en un sistema de túneles, equipado por sus creadores
con una red de vías y un trencito minero.
El Mono recorría los túneles por las tardes
al volver del colegio, observando todos los tesoros
arqueológicos e históricos allí enterrados
y al día siguiente me contaba sus aventuras,
esto duró todo cuarto y quinto grado,
yo le creía no le creía,
¡era tan verosímil!
Con el Mono compartíamos un febril interés
por lo misterioso, por lo esotérico, por lo mágico,
investigábamos los ovnis, las civilizaciones perdidas,
comenzamos una modesta carrera espacial al pretender
fabricar un cohete con una lata de tomates y otras chatarras
que guardábamos en un escondite secreto en el colegio,
este cohete iba a estar propulsado por cañitas voladoras
y tripulado por una cucaracha,
por alguna razón nunca concluimos el proyecto,
por alguna otra razón nunca pudimos lograr que las reuniones
de la "Sociedad de Jóvenes Científicos"
pasasen de ser
"ir a tomar la leche a la casa de un compañerito,
mirar libros y jugar con el Bloque Denshi",
cosas que ocurren, uno tiene las ganas
pero no la capacidad de llevarlas a cabo
y cuando consigue esto último ya perdió las ganas.
Stábile-Fridman, ahora lo recuerdo,
también cuenta como antecedente,
pero de mi veta historietística,
en quinto grado comenzó a hacerse una revista de chistes
con hojas cuadriculadas y con biromes de colores,
creo que la llamaba "Jajá Ilustrado" o algo así,
pronto comencé a imitarlo con "La Locura",
allí nacieron muchos personajes que aún dibujo,
los chistes eran malos,
terriblemente malos,
todavía conservo algunas revistitas,
las que se me perdieron fueron las que hice después,
a los doce, con una intención más "profesional",
donde contaba las aventuras de un cavernícola llamado Umezup
y su compañero Ashdrubald, un dinosaurio cuyo dibujo,
con sutiles modificaciones,
es el que me representa en mis firmas,
sí, el que escribe a máquina,
al que todos le confundían la aleta de la nariz por un ojo
así que tuve que achicársela, como para que se viese
que está de perfil y no en escorzo,
como para que no se lo tomase por un sapo,
como dijo una vez Graciela Mancuso por radio
al leer una de mis cartas, de las muchas que a Sonrisas escribía,
Sonrisas era el programa de la Mancuso,
lo patrocinaba Coca-Cola,
después perdió el auspicio y se llamó
Frecuencia 2000
y por alguna razón perdió algo de onda,
allí Petinatto tenía un micro con música rara
pero justo cuando iba a pasar a los Residents
vino la guerra de Malvinas
y todo se pudrió.
Un fin de año desde el programa
convocaron a todos los oyentes
a una especie de fiesta que iban a hacer
en la plaza que está frente
a la embajada de Estados Unidos
y al costado del Zoológico,
llovió, no fue casi nadie, sólo algunos colgados que,
como yo, vagaban por allí, buscando con quien charlar,
así conocí a Leo y a Javier
y nació 74 Metros,
pero esa es otra historia, no voy a contarla acá,
no era el propósito de este poema
hilvanar anécdota tras anécdota,
recuerdo tras recuerdo,
sino dejar constancia de este bullir
caótico de memorias que me ataca últimamente,
este meditar sobre lo curioso que es existir,
sobre lo injusto que es dejar de existir
habiendo previamente existido,
sobre lo extraño que es comenzar a existir
no habiendo previamente existido,
sobre cómo el mundo se compone
enteramente
de las experiencias personales.
Sí, suena cursi,
debería estar impreso
en un postercito de papel-tela,
pero es así,
el mundo no es otra cosa que
la experiencia personal,
lo que uno vive,
lo que uno percibe,
y el resto,
el resto
para don Ernesto.

Las putas de Tres Sargentos.

Todas las tardes al salir del laburo las veo,
paradas en la esquina con San Martín,
apoyadas en el vidrio del lugar ese
donde se juntan los gobernadores peronistas,
esperando a que algún cliente se acerque
y las lleve enfrente, al telo "Horizonte".
Paso junto a ellas y las miro a las caras,
le recorro sus cuerpos apretados,
y no puedo evitar pensar en quienes pagan
por tener sexo con ellas:
¡Qué terrible les resultará a algunos hacerse la paja
para preferir encamarse con semejantes bagayos!

Samsara.

Ya lo he escrito en otras partes
pero nunca está de más
hacerlo de nuevo:
lo más probable es que
uno reencarne en
uno mismo
y así pueda
corregir los errores cometidos,
evitar las torpezas vergonzantes,
eximirse de culpas que atormentan,
tener la respuesta correcta en el momento correcto
y no tres semanas después.

Por supuesto,
en esta nueva encarnación uno
cometerá nuevos errores,
será torpe hasta la vergüenza,
se atormentará con culpas
y no tendrá la respuesta correcta en el momento correcto
sino tres semanas después,
pero,
por suerte,
en la próxima vuelta
todo se solucionará.

Creo que esto
es lo más justo
que le puede ocurrir
a un alma,
si es que
el alma
existe,
claro
está.

El Enmascarado no se rinde.

Entre todos los graffiti
que adornan la puerta
de uno de los inodoros
del Pabellón I de Exactas
leo que alguien ha escrito:

Da gracias a Dios, hermano
que no tengas en el culo
lo que tienes en la mano.

Ante tal desubicación
no me queda más remedio
que contestarle que

Como la mierda no es pintura
y el dedo no es pincel
agradezco a Dios, hermano,
en la mano tener papel.

Porque, convengamos,
una cosa es ser guarros
y otra descuidar los detalles.

Parte de novedades del martes veintitrés de febrero de mil novecientos noventa y nueve a las veinte y cincuenta

Estoy escribiendo
este poema
con los pies metidos
en una palangana
cuadrada y verde
llena de agua
y lavandina
con el único fin
de eliminar,
aunque más no sea
por unas horas,
el terrible olor a patas
que me dejan
las sandalias marrones
que me regalase mi vieja
hace dos navidades
mientras Gla pica
tomates y cebollitas de verdeo
para hacer una ensalada
y el reloj indica
que faltan sólo diez minutos
para que empiece
"Homicidios,
la vida en la calle",
una serie a la que
nos hemos vuelto
adictos.

Escribo este poema
sólo para probar
la imposibilidad
de hacer un verdadero realismo
sin ser meticulosamente
insoportable,
y,
de paso,
matar el aburrimiento
de estar
aquí sentado
con las patas
en agua
y lavandina.

La sinceridad ante todo.

Al que madruga Dios lo ayuda

Abro los ojos
tres sillitas invertidas
brillan verdes en la oscuridad,
son las 4:44
esta coincidencia de cifras
activa mi superstición
en un momento en que estoy
particularmente sugestionable:
acabo de vagar por una ciudad de Japonchina
donde pálidos soldados desnudos desparraman harakiricos sus tripas en las plazas,
donde un sampán en sintéticas llamas eternas conmemora una batalla de Mao,
donde un satánico felino de largas y afiladas uñas corta mi rostro.

De regreso del baño, como siempre, la oscuridad me oprime,
el vaso de plástico no estaba bien limpio
y el agua tenía un regusto jabonoso,
temo haberme envenenado y, como siempre,
temo morir dormido.
Por eso me fuerzo al insomnio, es la única manera de seguir vivo,
ni bien me abandono al sueño veo túneles de luz blanca
y de un sobresalto vuelvo a la vigilia.

En la video
la hora brilla verde en la oscuridad

5:05
S:OS
S.O.S.
Save Our Souls.

Me gustaría tener un alma
que pueda ser salvada
aunque mi cuerpo perezca,
desearía tener fe
en algún ente sobrenatural
para pedirle la salvación
de mi espíritu,
pero carezco de todo eso,
sólo tengo la certeza de la nada
luego del fin
y un poema en mal inglés
con el que acuno
mi temor.

Save Our Souls.
Save Our Souls of this misery,
from this fear, from this scary world,
O Lord, Save Our Souls,
from this hypochondria,
from this horror,
from this dreadful life,
please, Lord, Save Our Souls,
take them to Heaven,
make them live forever.

But,
if there's no Soul,
if there's no Heaven,
if there's no God,
at least,
please,
pretty please,
Save The Whale.

Thank you, very much.

Saurio nació en el barrio de Palermo en 1965 y es uno de los responsables de La idea fija. Principalmente es escritor, pero también pintor, monologuista, historietista, músico, comunicólogo, redactor publicitario, diseñador gráfico, webmaster, traductor, periodista cultural y habilidoso genérico en cualquier cosa que requiera mucho trabajo intelectual y nulo esfuerzo físico. Además de La Idea Fija, mantiene un blog escéptico-literario llamado Las Armas del Reino II y dibuja y guiona el webcomic Cartoneros del espacio.